La primera impresión que me llega a la mente es la de un mundo ilimitado, profundo y abismal, oscuro y luminoso a la vez. Enseguida percibo un sentido de aventura y una sensación de libertad que resulta desconocida para nosotros, los orgullosos seres humanos, supuestamente racionales, que habitamos sobre la tierra firme.
Esto me pasa cada vez que pienso en el espacio vital de las ballenas, los más nobles y maravillosos monstruos del mar. Y cuando digo monstruos me refiero a su tamaño, pero también a su naturaleza indómita y remota.
Es conocida por todos, o al menos por gran parte de la humanidad, la terrible matanza que todavía se sigue practicando sobre esta diezmada especie. Parece que la razón y la conciencia no terminan de enraizar en ciertos sectores de un país tan avanzado, en otros órdenes, como Japón. Y lo peor de todo es que nos tratan de engañar argumentando fines científicos, cuando en verdad se trata de una vulgar cacería comercial. Pues, detrás de esta despiadada carnicería están los intereses comerciales de un grupo de empresas japonesas; quienes, a su vez, tienen relaciones comerciales con otras empresas a lo largo del mundo.
La titánica y heroica participación de las tripulaciones abanderadas por “Greenpeace” ha enfrentado la amenaza en directo, ahí mismo, en el propio Santuario Austral, (refugio para las ballenas). Pero, lejos de persuadirse, los balleneros reafirman sus posiciones y actúan criminalmente en contra de sus valientes y demandantes perseguidores.
No es ninguna novedad decir que el hombre es un depredador consumado. Esto ha sido planteado en infinidad de obras literarias y cinematográficas. Pero no por ello tenemos que resignarnos a vivir en un futuro desprovisto de especies animales, de árboles y plantas. Pues jamás los ingenios tecnológicos podrán reemplazar a la naturaleza. Un mundo robotizado y tecnificado al cien por ciento podrá tener su atractivo dentro de las películas, los videojuegos y las novelas de ciencia ficción. Pero vivirlo como una realidad podría significar una experiencia aterradora.
Acaso yendo más allá de la ecología, (que no deja de ser antropocéntrica) algún día pudiéramos comprender y valorar al universo de las especies animales que conviven con nosotros. Pero, si nos faltan piezas, dudo que alguna vez podamos armar el rompecabezas del mundo viviente. Entonces, quizá, los cantos de las ballenas permanecerán indescifrables para siempre.

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