26 mayo 2006

El Ineludible automóvil


En esta columna, como se habrán dado cuenta, hago un balance crítico, desde mi personal punto de vista, acerca de los objetos tecnológicos y la influencia que éstos derraman sobre la sociedad. Y, precisamente, llega el turno de hablar sobre el ubicuo, inevitable y fatal… vehículo automotor de uso personal.
Me pregunto, ¿porqué, de entre todas las soluciones posibles tenía que elegirse ésta? Pues, si vemos el panorama de la historia del transporte, parece que la propia historia y evolución del automóvil no representa el desarrollo más lógico e inteligente. Más bien, todo hace pensar que se trató del capricho de un inventor que logró imponer su visión personal al resto del mundo.
Antes que Henry Ford apareciera en escena ya se había avanzado mucho dentro de un sistema colectivo y racional. Como ejemplo, ahí estaban ya los ferrocarriles movidos por la energía del vapor. Si se hubiera seguido esa línea inventiva hasta sus últimas consecuencias, con la ayuda de tecnologías paralelas como la electricidad, la hidráulica, la neumática, etc. contaríamos con un medio de transportación eficiente, limpio, ecológico y universal. Imaginen una red subterránea a nivel global, (de alcance mundial) como sistema troncal de transporte para todos.
Por lo contrario, se privilegió un sistema clasista, individualista, predador, contaminante y absurdo. Los coches tirados por caballos cedieron su lugar al abominable vehículo propulsado por motor de explosión. Entonces fue cuando se torció la flecha evolutiva de la tecnología y se incurrió en un disparate a escala mundial. Pues se destinaron todos los capitales, los talentos y los esfuerzos en aras de un monstruo que, cada vez más, devora las entrañas y las riquezas del planeta. Y todo para beneficiar a un grupo de magnates que amasaron cuantiosas fortunas a la sombra de la explotación del trabajo humano.
Creo que no se ha estudiado lo suficiente el grado de dependencia psicológica que tienen muchos seres humanos con respecto al automóvil. Más que un vehículo utilitario que permite desplazarse a grandes distancias y, supuestamente, en menor tiempo; representa un símbolo de poder. Los rugidos amenazantes del sucio y maloliente motor de combustión interna, encerrado debajo de la cubierta, apenas se disimulan bajo las líneas aerodinámicas y, en algunos casos, bajo los detalles de lujo. En muchos casos el automóvil se convierte en un arma que desafía al entorno, sea éste humano, animal o vegetal. También puede ser visto como un objeto lúdico, un juguete para adultos, que encuentra su más cabal expresión en eventos como las carreras de autos, donde se permite desahogar y liberar la peligrosa adicción a la velocidad.
Por desgracia, aparte de estos conceptos, la presencia incesante del automóvil se extiende por todos los rincones del planeta. Gran parte de los recursos de las naciones se destina a realizar inversiones millonarias de infraestructura para la mayor gloria de su majestad de cuatro ruedas. Desplazando los capitales que podrían dedicarse a atender necesidades básicas de la población, se construyen súper-estructuras, moles de concreto armado en forma de autopistas, puentes y pasos a desnivel, que solo sirven como relumbre y ostentación para los gobernantes en turno.
Por ahora no hay reversa posible. Seguimos encadenados a un movimiento acelerado y continuo que puede precipitarse al abismo. El problema no es el automóvil en sí mismo, sino su multiplicación explosiva e imparable que asfixia al planeta con sus residuos y necesidades de transformación.
(Para más información visite la página: www.technophrenia.com)

04 mayo 2006

El último canto de las ballenas


La primera impresión que me llega a la mente es la de un mundo ilimitado, profundo y abismal, oscuro y luminoso a la vez. Enseguida percibo un sentido de aventura y una sensación de libertad que resulta desconocida para nosotros, los orgullosos seres humanos, supuestamente racionales, que habitamos sobre la tierra firme.
Esto me pasa cada vez que pienso en el espacio vital de las ballenas, los más nobles y maravillosos monstruos del mar. Y cuando digo monstruos me refiero a su tamaño, pero también a su naturaleza indómita y remota.
Es conocida por todos, o al menos por gran parte de la humanidad, la terrible matanza que todavía se sigue practicando sobre esta diezmada especie. Parece que la razón y la conciencia no terminan de enraizar en ciertos sectores de un país tan avanzado, en otros órdenes, como Japón. Y lo peor de todo es que nos tratan de engañar argumentando fines científicos, cuando en verdad se trata de una vulgar cacería comercial. Pues, detrás de esta despiadada carnicería están los intereses comerciales de un grupo de empresas japonesas; quienes, a su vez, tienen relaciones comerciales con otras empresas a lo largo del mundo.
La titánica y heroica participación de las tripulaciones abanderadas por “Greenpeace” ha enfrentado la amenaza en directo, ahí mismo, en el propio Santuario Austral, (refugio para las ballenas). Pero, lejos de persuadirse, los balleneros reafirman sus posiciones y actúan criminalmente en contra de sus valientes y demandantes perseguidores.
No es ninguna novedad decir que el hombre es un depredador consumado. Esto ha sido planteado en infinidad de obras literarias y cinematográficas. Pero no por ello tenemos que resignarnos a vivir en un futuro desprovisto de especies animales, de árboles y plantas. Pues jamás los ingenios tecnológicos podrán reemplazar a la naturaleza. Un mundo robotizado y tecnificado al cien por ciento podrá tener su atractivo dentro de las películas, los videojuegos y las novelas de ciencia ficción. Pero vivirlo como una realidad podría significar una experiencia aterradora.
Acaso yendo más allá de la ecología, (que no deja de ser antropocéntrica) algún día pudiéramos comprender y valorar al universo de las especies animales que conviven con nosotros. Pero, si nos faltan piezas, dudo que alguna vez podamos armar el rompecabezas del mundo viviente. Entonces, quizá, los cantos de las ballenas permanecerán indescifrables para siempre.